Arquitectura porteña

La arquitectura de la Ciudad es resultado de una compleja convivencia de factores. Sus calles, edificios, plazas y cafés nos definen.

La arquitectura de nuestra ciudad es resultado de una compleja convivencia de factores. Sus calles, edificios, plazas y cafés nos definen, nos dan una identidad que es fruto de nuestra historia. La heterogeneidad característica de Buenos Aires, con su multiplicidad de estilos y pensamientos, se percibe desde su primera fundación en 1536 por Pedro de Mendoza.
Originada a partir del proceso de expansión europeo en el continente americano, el trazado fundacional, con el margen del Río de la Plata como límite natural, es el epicentro de una sucesión de anillos que van enmarcando el desarrollo de la sociedad y el avance del paisaje urbano a través de los años.

Desde el Fuerte de Buenos Aires (en el mismo sitio que hoy ocupa la Casa de Gobierno) y las precarias casas realizadas de adobe que seguían las Leyes de Indias, con la horizontalidad pampeana como telón de fondo; pasando por el período colonial, ahora de madera, ladrillos y techos de tejas, con el Cabildo como escenario central de la Revolución de Mayo de 1810, la ciudad va experimentando un crecimiento paulatino al mismo tiempo que su constitución social se va definiendo, a partir de una fuerte presencia inmigratoria, de gran diversidad cultural identificada con una arquitectura de ruptura con las tradiciones.

La expansión: suburbio y sofisticación

Con el tiempo el tejido urbano se reglamenta, aparecen las ochavas y el trazado de las avenidas. Los clásicos conventillos porteños configuran el paisaje al sur de la ciudad. Las plazas públicas y los monumentos son testigos de este desarrollo que se expande hacia el suburbio por la demanda de una arquitectura doméstica, que iba desde la casa chorizo hasta la sofisticación del palacio francés.
A partir de 1880 Buenos Aires comienza a adquirir un lenguaje romántico y neoclásico. Experimenta un crecimiento acelerado producto del esplendor económico del modelo agroexportador que se ve materializado en el cambio de su infraestructura. En 1887 se construye el exuberante Palacio de Aguas Corrientes, de estilo eclecticista, y una década más tarde el Palacio del Congreso de la Nación, obra del arquitecto Vittorio Meano. El transporte público refleja la nueva escala de la ciudad: se incorporan las primeras líneas del subterráneo. En el plano artístico, el refinamiento y la elegancia de la sociedad se evidencian con la construcción del Teatro Colón en 1889 por el arquitecto italiano Francesco Tamburini. Las nuevas tendencias europeas llegan a la ciudad y se funden con la identidad barrial. El racionalismo se ve reflejado en el Cine-Teatro Gran Rex (del arquitecto Alberto Prebisch), y el edificio Kavanagh de 1935, el más alto construido en hormigón armado hasta ese momento en Latinoamérica. Ambos conviven con la monumentalidad de las obras públicas como la Facultad de Derecho y la Facultad de Ingeniería, ambas de estilo neoclásico.
Paralelamente, y de la mano del paisajista francés Carlos Thays, un sinfín de árboles se apodera de plazas y veredas. Los lapachos, tipas, ceibos, ombúes, magnolias, palos borracho y jacarandas le imprimen una paleta de verdes que le dan el oxígeno necesario para este desarrollo, sin olvidar el espectáculo que brindan al momento de florar.

Modernización y futuro sustentable

El planetario Galileo Galilei, el Teatro San Martín, el Banco de Londres y la Biblioteca Nacional (del arquitecto Clorindo Testa) dan cuenta del proceso de modernización. La metrópolis fue tomando forma y altura. Autopistas, torres de oficinas y shoppings pasan a tener un rol protagónico en la vida diaria. Se destacan el Edificio República y el Repsol YPF, ambos de César Pelli en la revalorizada zona de Puerto Madero.
Ante este marco de crecimiento descontrolado surge una búsqueda por recuperar el espacio público, sumado a la idea de una ciudad más verde que empieza a reflejarse en la nueva arquitectura. La espectacular obra para el Banco Ciudad en el barrio de Parque Patricios, del arquitecto británico Norman Foster, el desplazamiento del Centro Cívico, sumado a las nuevas formas de transporte y la peatonalización del microcentro son la base del nuevo paisaje que va tomando nuestra ciudad. Hoy con un área de 200 km² y casi 3 millones de habitantes, la arquitectura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires vive un proceso de descentralización natural ligado con un desarrollo sustentable que se percibe en los jardines verticales y techos verdes que empiezan a brotar de las construcciones.

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